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Esta mañana, desde bien temprano, desgraciadamente, he tenido que despertarme y desayunar con la triste noticia de un nuevo asesinato. Una nueva víctima más de la violencia de género que añadir a la lista de cuatro posibles casos nuevos en lo que va de año. Una cifra lamentable para la estadística que manejan los expertos en estos términos matemáticos. Pero no hay que olvidar que detrás de esos números hay seres humanos que están sufriendo esa horrible pérdida, horrible en primer lugar por lo que supone la desaparición de un miembro muy querido e irremplazable de su núcleo familiar y de su núcleo de amistades y en segundo lugar por lo execrable y espeluznante del modo en el que le han arrebatado la vida. Ha muerto a manos de un presunto maltratador, de un presunto verdugo que ha acabado con su último aliento de forma cobarde y vil. Esa mujer como las demás objeto de estos asesinatos son víctimas inocentes de unos despiadados que tratar de imponer su voluntad y manejar las vidas de ellas de forma autoritaria, haciéndoles pasar por el rodillo de su absurda y cruel irracionalidad para terminar clavándoles un puñal o pegándoles un tiro en caso de que no sean “buenas chicas” y desobedezcan sus órdenes, incapaces de comprender su “buen criterio”.

Las instituciones públicas dedicadas a estos asuntos trabajan con el firme propósito de dar cobertura a este nauseabundo problema y tratar de paliar la indefensión de las mujeres víctimas de la violencia de género. Yo desde aquí alabo esa labor pero tengo que añadir, que no es en absoluto suficiente en mi humilde opinión. Y creo con clara modestia que mi punto de vista tiene cierto peso, sobre todo por el hecho de que yo formo parte de ese desgraciado colectivo de mujeres que han sido o son objeto de este tipo de violencia. Hablo desde una experiencia profunda de muchos desgraciados años sometida y humillada bajo las redes del maltrato. Por mucho que desde las instituciones públicas en este caso de Castilla-La Mancha, Comunidad a la que pertenezco, se nos diga que ellos cubrirán a través de sus organismos oficiales todos las acuciantes necesidades de estas mujeres y a pesar de la firme voluntad que presupongo en estas afirmaciones, tengo que decir que esto no va a poder ser así de forma cierta sin otro tipo de ayuda. Hasta ahora Asociaciones de mujeres creadas y nacidas por el afán de dar una mayor respuesta y cobertura a las acuciantes necesidades de las mujeres víctimas de la violencia machista, con un carácter completamente altruista, han luchado contra esta lacra desde un ángulo complementario a las instituciones pero absolutamente necesario. En ellas se nos da ese plus humano que se complementa con el otro.

La Asociación de Mujeres María de Padilla a la que pertenezco como usuaria y voluntaria, es una de ellas. Afincada en Toledo y con una trayectoria de 14 años en la lucha contra la violencia de género hasta ahora subsistía para llevar a cabo todas aquellas funciones a las que los organismos públicos no podían llegar, gracias a las subvenciones ofrecidas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y digo hasta ahora porque a partir de este año la subvención ha desaparecido como consecuencia de la crisis. Hemos hecho oír nuestra voz ante los responsables políticos pero se nos dice que no hay dinero, que lo sienten mucho pero que esa es la realidad actual. Pero este problema no se puede reducir a un lenguaje puramente monetario porque nuestra realidad, la nuestra, es mucho más dramática que todo eso. Si hay dinero para otros menesteres menos importantes, lo debe haber para éste. Este tipo de asociaciones y ésta en concreto en la que yo he recibido tratamiento y una impagable ayuda que no podría definir con palabras, ofrecen un trato mucho más directo y efectivo del problema que nos afecta. Nos abren sus brazos de forma incondicional durante 24 horas al día, nos ofrecen terapia psicológica individual y de grupo con una periodicidad semanal, nos acompañan a los juicios contra nuestros agresores dándonos el apoyo y el respaldo que necesitamos en esos momentos de miedo e incertidumbre al enfrentarnos a nuestro verdugo, acuden a los hospitales y a las comisarías con nosotras cuando hemos sufrido algún tipo de agresión, nos proporcionan las “armas” necesarias para enfrentarnos a este problema y luchar por defender nuestra dignidad y nuestras vidas. Nos enseñan a caminar de nuevo y por ende también a nuestros hijos. Esto no es cubierto en estos términos por las instituciones públicas. Afortunadamente, ninguna de las mujeres que han acudido a esta Asociación y han recibido los servicios de ella han perdido su vida, tal vez por el capricho aleatorio del destino o tal vez porque aquí hemos aprendido a cambiar nuestra aptitud frente al agresor para saber plantarle cara, por supuesto, sin poner en riesgo nuestras vidas, porque eso es algo que también aquí se nos enseña. No se les puede cortar las alas a Asociaciones como ésta que siguen siendo tan necesarias en el momento actual a juzgar por esta imparable lacra que avanza sin pudor alguno. No se puede, detrás de la cómoda mesa de un despacho, decir que no hay dinero para continuar con el programa que estas Asociaciones llevan a cabo de forma voluntaria y altruista poniéndose como meta la “salvación” de estas mujeres. No se trata de una opción política, ni de una ideología determinada, se trata de vidas humanas que se echaran a perder si no se sigue complementando la labor de las instituciones públicas con la labor de estas Asociaciones que llegan donde las otras no pueden hacerlo.

Pueden pensar que mi opinión no es muy objetiva. Por supuesto que no lo es, estoy dentro de este colectivo, por lo tanto estoy claramente marcada por ello, pero lo que si soy es realista y por mucho que un representante gubernamental quiera decir otra cosa, estas asociaciones son absolutamente necesarias y su papel no podrá ser ofrecido de la misma manera por los organismos públicos que cuentan con los medios que cuentan. Y quién quiera decir otra cosa no hace honor a la verdad. A veces para comprender bien el alcance del problema hay que tener una especial sensibilidad o haberlo sufrido en sus propias carnes. Yo espero que las personas al frente de estas instituciones no tengan que padecerlo de cerca pero si que tengan la sensibilidad suficiente para reconocer la labor de estas Asociaciones y su necesaria presencia en este momento. También hago un llamamiento desde aquí a cualquier otra entidad privada que quiera colaborar para que se nos permita seguir caminando y ayudar a las mujeres.

No voy a callar mi voz, ya lo he hecho durante muchísimos años de sometimiento y angustia frente a mi agresor, así que no lo voy a hacer ahora ante nadie. Tengo que defender lo que considero justo y necesario para las vidas de esas victimas inocentes y de otras más inocentes aún que no podemos olvidar y que están en la sombra, sus hijos.
Una mujer víctima de la violencia machista.

Una mujer víctima de la violencia machista
Usuaria y voluntaria de la Asociación de Mujeres de María Padilla.

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